Archivos Mensuales: junio 2014

A orillas del mar


Amanece y la “brisa” de Sta. Marta azota, tenemos las mochilas preparadas y aunque todavía cansad@s  cogemos otra buseta hacia Cartagena de Indias. Un viaje de cuatro horas se convierte en todo el dia, hambrientos pero por fin en nuestro destino.

Cartagena de Indias en realidad son dos Cartagenas, existe el centro histórico, bien chévere, limpio, con edificaciones coloniales, plazas, iglesias, incluso con una fuente de Canaletas donada por Barcelona y una Moreneta (la segunda en Colombia). Pero, existe otra realidad, tras la muralla que envuelve esta linda ciudad encontramos suciedad, calles sin asfaltar, gente malviviendo en la calle, mercados con olores indescriptibles,… pobreza. La dualidad colombiana en todo su esplendor.

En nuestra búsqueda indígena lo poco que encontramos fue un monumento a la India Catalina. Sorprendid@s, un monumento a una mujer indígena, pero tras conocer la
historia viene nuestra decepción. Resultó ser esposa de un colonizador español, y la labor de ella era traducir todo aquello necesario para la conquista, “pacificando” así los dos pueblos.

La historia de ésta ciudad nos envuelve, ojalá que las piedras pudiesen contar… Intentamos imaginar lo que las comunidades de acá podrían sentir al ver a lo lejos esas velas de galeones que quizás podrían ser “nubes blancas”…

Queremos playa, el calor caribeño es algo asfixiante, y nos dirigimos hacia Isla Barú, que en realidad es una especie de península. Boleto en mano nos subimos a un ferry, al alejarnos de la costa el agua se hace más brava y disfrutamos de los pequeños saltos del barco. La gran sorpresa, los delfines, preciosos, nos maravillan, nos acompañan danzando al borde de la proa, juegan, saltan, danzan,… pero del mismo modo que aparecen deciden marchar. ¡Que linda experiencia! Navegar junto a delfines.

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El ferry no puede acercarse a la orilla así que tenemos que llegar en catamarán. Más bien una plancha con barandilla. Se mueve, a pesar de que el mar no se encontraba agitado, se necesitaba un buen salto para llegar a él. Algo asustad@s, el peso de la mochila desequilibra. Un salto decidido en el mar, ya lo tenemos, llegamos.

La isla es relinda, pero al igual que Cartagena, tiene dos caras, la de delante, realmente muy cuidada y preciosa: playa blanca; y la parte de detrás, un manglar que se ha convertido en el basurero de los “restaurantes” locales: playa negra. Es un lugar muy turístico, por el día hay una zona que se llena de turistas y lugareños que venden collares, trenzas, masajes, bebidas,… pero al atardecer los turistas se van y se convierte en otro lugar. Nosotr@s por suerte, caminamos y acampamos bajo una pequeña sombra, lejos de la muchedumbre y disfrutamos de una playa blanca, de aguas turquesas cristalinas, de amaneceres y atardeceres con un sol rojo, enorme, como una bola de fuego y, cuando se escondía en el horizonte, las estrellas inundaban el cielo ¿Qué hay más lindo? Dormir, y al abrir los ojos, ver el mar mientras escuchas las pequeñas olas romper.

Días plácidos, envolventes, energía del mar…

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