Archivos Mensuales: diciembre 2014

De bruces con la realidad ecuatoriana


La montaña nos atrapa pero nos apetece calor y mar, nos vamos a Manta, a unos 400 kilómetros de Riobamba. En la terminal de autobuses, no cumplen con el horario previsto así que en lugar de salir por la mañana tendremos que esperar a las ocho y viajar toda la noche. Las horas pasan… lentas… el reloj decidió avanzar despacio. La aguja apunta nuestra hora, por fin en marcha.

Ya es de día y salimos del bus, un golpe de calor, dormidos vamos a desayunar a una “panadería” donde hacen los mejores donuts, o como les llaman acá: donas, de chocolate rellenos de arequipe que jamás había probado, mmm…. Y mientras conversamos con el encargado, sorprendido y con cierta envidia sana por nuestro viaje, nos anima a continuar y colabora con nosotr@s regalándonos una bolsa de panes y dulces. 🙂

De nuevo nos acogen en una casa donde probamos nuestro primer cebiche, pescado encurtido a base de limón, y como siempre los gustos varían hay quien siente algo blando medio crudo en su boca… y hay quien lo irá convirtiendo en un rico plato que seguir degustando.

Manta, es un pueblo costero donde existía la cultura del mismo nombre los cuales se dedicaban a la pesca y tenían tradiciones que se han ido perdiendo con el paso de los años. Ahora el pueblo de Manta se ha convertido en un lugar de destino vacacional con algunos  grandes hoteles a la orilla del mar pero en nuestro intento de ver más allá queremos conocer… una salida matutina para  ver los barcos pesqueros y como subastan la mercancia, así como la construcción de los barcos, hace que el lugar tenga algo de encanto. Aunque en realidad los verdaderos pescadores son los alcatraces, unos pájaros con verdadera técnica. Vuelan miles de ellos en círculo acorralando los bancos de peces y en un determinado momento y de forma ordenada se lanzan al mar cual aviones kamikazes sumergiéndose en el agua. Un verdadero espectáculo.

Abandonamos Manta y seguimos bordeando la costa pacífica por la ruta del Spondylus, un concha difícil de conseguir, muy hermosa y preciada por las diferentes culturas tanto pre-colombinas como también la Inca. Esta concha era usada como moneda o se usaba para hacer ornamentos que indicaban estatus social e incluso se han encontrado muchas de ellas en tumbas de personajes de cierto poder como sacerdotes, caciques,…

Llegamos a nuestro destino, Montañita, un lugar donde poder descansar y ver lindas puestas de sol. En general, el lugar no nos agrada mucho… se trata de un pueblo creado para el turismo, donde hostels y discotecas conforman las calles. Algunos artesan@s nos sorprenden con sus manualidades pero quedan enmascarados por las tiendas recaras a las que acuden los surfers. Ya algo decepcionad@s nos toca sentir uno de los grandes aprendizajes de este viaje: “el no apego por lo material”.

Una tarde, con las estrellas ya en el cielo, mientras estabamos en el hostal nos percatamos que nuestra habitación tiene la luz encendida, extrañad@s acudimos a mirar. Ropa en el suelo y algo revuelto y lo peor… ¡se han llevado las mochilas! ¡no puede ser! Salimos corriendo y un rastro de nuestras cosas por el suelo… hasta la parada del autobus donde perdemos el rastro. Acudimos a la policia y la ineficacia e incompetencia de ellos nos despera y aún más  cuando te disuaden para no denunciar…

Paramos, respiramos, nos enfadamos, lloramos, sentimos,…rabia interior ¿qué le pasa a este mundo? ¿envidia? ¿pobreza? ¿egoísmo? no sabemos… pero la sensación de que nos han roto un sueño aparece. Por suerte, la documentación se les cayó… caos  de emociones.

Una noche extraña, ánimos bajos,… El hostel no se responsabiliza de nada y encima trabaja sin licencia. Empieza nuestra peregrinación. Empezamos por poner la denuncia en Santa  Elena, que se encuentra a una hora de montañita, policia judicial, fiscales, ministerio de turismo, declaraciones juradas,… como una pelota la legislación juega con nosotr@s durante más de un mes (y casi con lo puesto). Poco a poco vamos viendo que no sirve de mucho, o de nada… además Montañita es como un territorio comanche donde hay robos contínuos y tod@s son complices. Para terminar, cuando ya solo nos quede una semana de visado, el fiscal nos dirá que al caso le faltan unas investigaciones y que debemos ir pasándonos por la fiscalía cada mes para “motivarlos” que si no lo hacemos el caso se cerrará (palabras textuales), a lo que respondemos nuestra incapacidad por la visa y nos dice que podemos hacerlo por correo electrónico, pero a día de hoy todavía no han respondido ni uno solo de los múltiples correos que les enviamos.

Momentos duros pero energías del Mediterraneo nos regeneran poco a poco… lo que en realidad importa no se compra, lo material es etéreo, es una falsa felicidad y es reemplazable. La vida es mucho más que todo eso, es amistad, es fuerza, es cariño, es lucha, es aprender, es reconstrucción, es amor, es equivocarse, es sentir, es continuar, es soñar… es Vivir.

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El azul Quilotoa


Aún no ha salido el sol, pero ya tenemos nuestras mochilas pequeñas preparadas: mallas y camiseta térmica, calcetines bien gorditos, guantes y algo más. Nos vamos a Quilotoa, una laguna en el cráter de un volcán apagado a 3910 msnm, y seguro hará frío. Tomamos el primer bus desde Riobamba a Ambato el cual se demora unas tres horas. Allá, un segundo transporte que nos lleva hasta el lugar. Es una pequeña buseta abarrotada de lugareñ@s y mochiler@s. El paisaje es hermoso, montañas al fondo, nevados,… son de luz. Curvas, zig-zag, carretera, pequeñas comunas, pastos, ovejas,… y unas tostadas de arequipe que nos endulzan el trayecto.

Es mediodía y recién llegamos a Quilotoa, hace sol, pero el aire es helado. El pueblo, en realidad no es un pueblo, se trata de un conjunto de pequeños hostales y restaurantes destinados a que l@s mochiler@s puedan hacer senderismo por la zona. Acampar en este lugar es impensable, ¡qué frío!

Subimos un poco, no hay palabras, desde la pequeña colina se dislumbra Quilotoa, durmiendo en su cráter, el azul del agua es intenso y las tonalidades del agua varían según el sol. ¡Qué maravilla! Creo que es uno de los lugares más lindos que hemos visto. Ya queremos que sea mañana para poder bordearla…

 

Vamos a dar un paseo, el lugar es precioso y decidimos bajar hasta Zumbahua que está a unos 13 km el camino es muy agradable. Nos paramos, hay un montón de ovejas a las que queremos conocer. Son temerosas, la hierba que les ofrecemos hace que se acerquen un poco pero no conseguimos tocar su tupida lana. El paseo se prolonga y vemos algunas llamas, la vista es como de postal. ¡Pero que pestañas tienen las llamas! ¡Qué lindas son! ¡Me encantan! 🙂

Se nos está haciendo tarde, el sol se esconderá en breve, aún nos falta como una hora para llegar al pueblo y poder tomar una buseta para poder volver. Improvisación, para variar, decidimos hacer dedo y un camión nos para. Subimos a la cabina, es enorme, y tras una agradable charla, de nuevo en Quilotoa.

Un caldito caliente, el aire sopla y temprano a dormir, el peso de las mantas no nos deja ni movernos…

¡Riiiing! las cinco de la mañana, un buen desayuno, hay que coger fuerzas para el día de hoy (eso que no sabíamos lo que nos esperaba) y sobretodo es el momento de abrigarse bien, aún me pondría diez capas más… El aire es helado. Estamos list@s, empieza la excursión.

Quilotoa es una maravilla de la naturaleza y ya empezamos a bordearla. La magia de la vida, hace unos 800 años el volcán erupcionó y en el 1660 lo volvió a hacer pero sólo expulsando ceniza, de ahí se formó la laguna de tres kilométros de diámetro. En ese momento debido a los sulfatos era de un color amarillento pero con el paso de los años las algas crecieron y le otorgaron  más azules de los que podemos imaginar.

No sé como describir cuan maravilloso es este lugar… seguimos el pequeño sendero y Quilotoa siempre a la vista. Por la otra dirección un río de niños y niñas que corren, parece que vayan a la escuela. ¡Menuda caminata diaria! ¿Cuándo este mundo dejará de invertir en guerras y hará más escuelas? Los pequeños corren a toda prisa y nosotr@s caracolit@s bien despacio, la altura no nos permite más.

wpid-dscn7241.jpgFlores de intensos colores nos acompañan, vivos amarillos, rojos intensos, dulces malvas,… Quilotoa al fondo y dos caminos, ¿cuál escoger? el que desciende parece el correcto, pero poco a poco se vuelve angosto y complicado, bajamos y bajamos y de repente hemos  descendido demasiado, casi podemos tocar la laguna, el camino ya no es camino y al mirar hacia arriba no distinguimos por donde hemos venido. Probamos una dirección, regresamos, probamos otra, no encontramos, empieza a chispear, no sabemos volver. Nos hemos perdido. Respiramos. La única solución es volver a subir y retomar el camino, pero ¿cómo? pués como cabritas, monte a través. El terreno es abrupto y vamos a cuatro patas. Sensaciones diversas recorren nuestro cuerpo. Nos animamos. Esto está siendo más difícil de lo esperado. Continuamos hacia arriba. Y más arriba. Parece que casi estamos. Hemos llegado. Menudo alivio. Resultó que el camino elegido en verdad era un torrente de agua que ahora se encontraba seco. Hemos perdido como dos horas. Ya no nos da tiempo de bordear la laguna y a la montaña se la respeta y a los volcanes más. Decidimos llegar hasta el mirador y desde allá descender a Chugchilán para tomar el bus hacia Latacunga y de nuevo a Riobamba.

De nuevo en el camino, los turquesas y sus tonalidades nos acompañan y poco a poco llegamos al mirador. Desde allá vemos el pueblito al que queremos llegar y al otro lado la inovidable laguna. La miramos y nos despedimos de ella. Pura fuerza. Durante el trayecto vamos encontrando nativos trabajando las duras tierras y casas aisladas y tras un par de horas por fin en el pueblito, el cual es bien chiquito. Resulta que no es Chugchilán sino la comuna de San Pablo. ¡Oops! 😯 Y desde acá no hay bus ninguno hasta mañana y ahora son sólo las tres de la tarde. Nos explican que Chugchilán es el pueblito que se ve al fondo tras el cañón y que se puede llegar a pie. Decidimos seguir caminando, nos esperan esta noche en Riobamba.

Empezamos a estar cansad@s pero sentimos que Quilotoa nos ha dado la energía de los elementos: el fuego del volcán apagado, el agua de la laguna, la tierra a nuestros pies y el aire helado en nuestros rostros.

El ancho y plácido camino se bifurca y la única persona a quien preguntar es una pequeña de unos siete años. Le creemos, ella ha nacido acá. El camino es estrecho, es un cañon, bajamos con altas rocas a ambos lados y después de un buen tramo se abre el sendero, la vista de nuevo preciosa. El camino sigue descendiendo, de nuevo no sabemos que dirección tomar, las marcas son confusas y llegamos hasta un río. No entendemos. Deberíamos poder cruzar pero no vemos la manera. El río baja con fuerza y no vemos por donde pasar. Alzamos la vista. Un joven baja por un barranco y cruza el río por dos cañas atadas con alambre espino. Estupefact@s no podemos creer lo que acabamos de ver. Le preguntamos y ese es el único modo de llegar a Chugchilán. Nos dice que una riada se llevó el puente y que está medio peligroso. ¿En serio? ¿Medio peligroso? ¿Y qué será para este chico peligroso entero? No lo quiero imaginar. Toca cruzar y la fina lluvia no ha parado de acompañarnos. Hay que ser valientes. La bajada no es dificil y llegamos al “puente” esos dos tronquitos resbaladizos que hay que pisar con mucha firmeza. Conseguido y ahora barranco arriba. Es como arena movediza. La “grimpada” es dura, las manos no se pueden agarrar, es tierra que se va deslizando en cada movimiento.  Ya no sabemos donde cogernos pero las fuerzas y el ingenio es en estos momentos donde siempre aparecen. No sabemos como pero estamos arriba. Las piernas nos tiemblan, el corazón late rápido, la lluvia nos moja la cara,… pero lo hemos hecho 😉 ¿será que tenemos una estrellita?

Esto parece no acabar nunca, hemos perdido la cuenta de cuanto llevamos caminando. Es tarde y ahora toca subir, el cuerpo se mueve por inercia y las piernas se han vuelto automáticas. Caminamos, caminamos, caminamos,… y encima empapad@s. Está oscureciendo, la aventura empezó a las seis de la mañana, ¡llevamos casi doce horas caminando!

Vemos unas luces, unas casas, personas,… ¡lo hemos logrado! Pero… es un pueblito, pequeñito, muy pequeñito… tampoco hay buses hasta mañana. ¡Menudo día! Bueno… a buscar hostal. Una merecida ducha, una cena calentita y una cama, son el mejor regalo. Caemos rendid@s. ¡Qué aventura!